lunes, 27 de junio de 2011

“Famosas últimas palabras: la muerte y los filósofos”

                  El filósofo siempre han sido considerado como un individuo peculiar y exótico, ejemplo de personaje curioso que aunque parezca que “está en las nubes”, se atreve con valentía a pensar en aquello en lo que los demás no reparan. Mucho sabemos de la vida de los filósofos, pero...¿cuántos de ustedes, amigos lectores, conocen detalles sobre sus muertes? Dado que estamos en el mes de los difuntos, noviembre, tan donjuanesco, tan romántico y, por definición, tan siniestro, les invito a que se adentren en el sinuoso mundo de la muerte de los filósofos, famosos personajes que igual que vivieron con plenitud, tuvieron una muerte peculiar. Tales de Mileto, considerado el padre de la filosofía y por ende el primer filósofo, también fue el primer filósofo difunto digno de mención. Ya muy anciano y tras disfrutar la gloria de su fama como sabio, Tales acudió como espectador a ver una competición deportiva según la costumbre olímpica. El estadio deportivo estaba repleto de público que, al sol, jaleaba a los saltadores, corredores y púgiles. No se sabe si por el pesado sol veraniego, la agobiante multitud y la inevitable decrepitud de la vejez, el caso es que Tales la palmó en silencio, sentado entre vociferantes ciudadanos. Acabada la competición y desalojado el recinto, un esclavo reparó en el cuerpo sin vida del anciano que permanecía sentado aun presa de un sueño eterno. La lista de peculiares defunciones ha continuado a lo largo de la historia. El presocrático Empédocles, al que se le subió a la cabeza su presunta capacidad sobrenatural para resucitar cadáveres, se arrojó al interior del volcán Etna para probar al resto de ciudadanos de Acragante su condición inmortal. Ni que decir tiene que tras tirarse dentro, no volvería a salir. Cuenta la leyenda que un filósofo tan improbable y singular como Pitágoras estaba convencido de la realidad de la reencarnación, la vuelta a la vida en un cuerpo distinto al del fallecido. Si has sido bueno, explicaba, tu nuevo cuerpo sería mejor, si has sido malo terminarás en algún ser impuro y detestable...¡como las habas! ¿adivinan donde murió? Si, sobre un cesto de habas. No obstante algunos cronistas apuestan que murió devorado por una plaga de piojos. Sólo leerlo ya pica. El archifamoso Sócrates, asumiendo la condena a muerte por diversas acusaciones, ingirió una copa de cicuta pero que conste que lo hizo después de rechazar la clemencia del tribunal en forma de multa administrativa, un carcelero sobornado y casualmente dormido mientras esperaba la ejecución y la puerta de su celda abierta por sus seguidores para provocar su huída. Ni caso, al hoyo, el más sabio de los hombres, como lo llamara el oráculo de Delfos, no se sabía esa de “Más vale que digan aquí corrió que aquí lo mataron” . Séneca, el filósofo estoico cordobés, residente en la Roma imperial, se vio obligado a cortarse la venas tras ser acusado de conspiración, muerte muy común en la caprichosa tiranía imperial romana, siguiendo las órdenes del orondo emperador Nerón, heredero peculiar de una genealogía de psicópatas. Vaya corte. El bueno, por su condición religiosa de fraile, condición necesaria pero no suficiente, de Giordano Bruno murió quemado en la hoguera. ¿Su pecado? Admitir como ciertas las ideas del polaco Copérnico y la existencia de vida en otros planetas ¡Hay si el difunto Dr. Carl Sagan levantara la cabeza! Descartes, filósofo francés, padre del racionalismo y contemporáneo de gigantes intelectuales como Galileo, fue invitado al reino de Suecia para instruir a la reina Cristina. La eximia obligaba a un Descartes que ya contaba 51 años a levantarse a las 4 de la mañana para darle clases de metafísica y matemáticas. De aquellos madrugones gélidos el gabacho cogió una pulmonía que no tardaría en llevárselo para el otro barrio. Nunca fue bueno levantarse temprano, ya ven. Walter Benjamin murió perseguido por las inspiradas autoridades franquistas que admitieron a curso la denuncia de busca y captura que emitiera el gobierno nazi de Hitler. Para algunos ahí reside la importancia de llamarse Adolfo. Ya ven que el oficio de filósofo es poco recomendable. Como diría el filósofo existencialista Jean Paul Sartre “...tal vez el único sentido de la vida sea la muerte”. Y se murió.

martes, 14 de junio de 2011

“Un fantasma recorre Europa”


                Hace unos días conversaba con un padre, anónimo y casual, en una playa onubense sobre el estado de la educación en este país, tema que tiene tela que cortar. Cuando el hombre descubrió mi condición docente, confundiéndome con el ministro de cultura, se explayó en la crítica como cabía esperarse. Taimadamente cargué con la crítica, poco constructiva en la mayoría de ocasiones y de tendencias reaccionarias, lo más dignamente que pude. La “Educación para la ciudadanía” fue la asignatura estrella de esta carnicería dialéctica, cadáver que ya diseccionaremos en su momento. La cosa de hoy va por otro lado; este padre en cuestión me comentó alarmadísimo que su hijo, que va a estudiar este año 2º de Bachillerato (17 añitos tiene la criatura), cuenta entre los contenidos a asimilar un tema titulado “El Marxismo”, y tenía pánico a que semejante suma de conceptos pudieran hacer del muchacho candidato al Soviet Supremo. Recordé en ese instante el solemne inicio del “Manifiesto Comunista” de Marx y Engels: “...Un fantasma recorre Europa...”. ¡Cómo ha pasado el tiempo sobre estas egregias palabras! La verdad es que el marxismo ya no es lo que era. Tengo un primo empresario, periodista arrepentido, que de joven leía a escondidas “El Capital”, cuyo ejemplar se lo trajeron del extranjero. Por aquel entonces el viejo Marx, filósofo alemán de origen judío que vio en el análisis económico de la realidad una respuesta para buscar su sentido, era una influencia más palpable que hoy en día. Tranquilicé al padre facha con eso de que ya hacía muchos años de aquello de “vencido y desarmado el ejercito rojo...” y que no se puede hablar de marxismo en un mundo donde los jóvenes tienen tatuado el sentido de la propiedad privada desde la teta y la cuna, donde la población ignora en su mayoría el universo de derechos laborales que desaparecen entre las montañas de contratos basuras. Nuestro mundo se ha hecho más complejo y en esa complejidad, el marxismo deriva en mera anécdota. ¿Quién quiere una revolución del proletariado para abolir la propiedad privada, cuando cualquier ciudadano es feliz en su propia utopía de consumo, navegando en un océano de automóviles de alta gama, móviles con cámara y mp3s, inmerso en la oferta de una extensión casi infinita de centros comerciales, mientras entona una loa a la empresa privada, materializada en mutuas de salud que sustituyen al SAS? ¿Quién quiere transformar el mundo? El padre me daba tristemente la razón, su hijo, “el conectado”, no corría el peligro de caer en las garras del complot rojo. Típico de la sociedad de la abundancia donde vivimos. Los chavales, continué con mi explicación, deben saber que “un fantasma recorría Europa” a mediados de XVIII, el fantasma de los pobres y los desheredados y de la injusticia de los patronos y los capitalistas que imponían una jornada laboral de 18 horas, que contrataban niños por una cuarta parte del salario de un hombre y contrataban y despreciaban a las mujeres que eran impunemente despedidas si quedaban embarazadas, obligándose así a ejercitar la prostitución; “un fantasma recorría Europa” asustando a los obreros desorganizados que no podían permitirse caer enfermos por que no tenían seguro médico, por lo que eran despedidos y condenados a la miseria, la enfermedad y la muerte. Y era posible que un fantasma así se repitiese en la Historia, tan dada a repetir las cosas, quizás en forma de cambio climático o asalto de la población del Tercer Mundo o vaya usted a saber qué. Como mi discurso comenzaba a sonar sospechosamente internacionalista pisé el freno y reflexioné. Hoy otro fantasma recorre Europa, el del mismo marxismo, que ya no asusta ni a la madre que lo parió, incapaz de inspirar una revolución en una sociedad como la nuestra que pide a gritos un meneo.

jueves, 9 de junio de 2011

“El iluminado”


Cerró la puerta tras sí y, por primera vez en mucho tiempo, se dio cuenta de que caminar tenía algún sentido. Mientras la musculatura de sus piernas le daba señales de desentumecimiento, decidió que no volvería a mirar atrás. No más trabajo monótono, ni jefes amargados, que no hacían más que gritarle y recordare la vida tan nefasta que le había tocado vivir, no más empresarios que les hacían ver a los trabajadores que les estaban haciendo un favor mundial con tenerlos en plantilla por unas migajas que llamaban “salario”. No más empleaduchos de banca que cada fin de mes les recordaban cuán miserables eran sus existencias, con tanta hipoteca infinita y eterna, tanto interés y tanta tarjeta. No más peregrinaciones hasta un supermercado abarrotado de gentuza que, cual plaga de langosta, pasaban por encima de los demás y no pensaban más que en comprar a toda costa, adquirir un universo de inútiles objetos que no harían más que alienarlos en sí mismos, una “play” más cara y mejor, un PC con más gigas y un sistema operativo más novedoso, un automóvil más rápido y potente, esta vez con teléfono parlante...Continuaba con su camino y se despedía de la peña de los amigos de siempre, individuos egoístas que cuando hablaban nunca escuchaban a nadie, sólo te bombardeaban con la letanía de sus problemas sin importarles que te ocurra a ti, se despedía de la liga de fútbol que conseguía que el resto de la realidad no le importase a nadie, ya fueran guerras, hambrunas o catástrofes, se despedía de su familia, cuyos miembros iban ya cada uno a lo suyo, su esposa obsesionada con un retoque de cirugía estética y el pilates, la niña, que recien estrena pubertad sólo quiere un “tatoo” y el niño que ya acumula varias multas de tráfico que van a parar a su cuenta corriente. Atrás quedaba todo y jamás volvería. Su espíritu trataría de comulgar con esa naturaleza olvidada y maltrecha, saludaría al hermano Sol cada mañana y se abandonaría en los brazos de la hermana Luna cada noche, sentiría la caricia de la hierba bajo la planta de sus pies y descansaría, sentado, junto a algún arroyuelo, cerca de esas montañas que sólo había visto en las fotos de las enciclopedias. Pero no se confundan. Nuestro protagonista no se marcha de vacaciones como cada año. No se marcha a Punta Cana, una semana, para poner el hígado al límite explotando a tope el “todo incluido”, ni se desplaza a la playa para enrojecer irracionalmente su piel, ensuciar la arena con sus desperdicios y levantar la voz a altas horas de la noche por que en vacaciones todo está permitido. No se va de tolerante colaborador a ser testigo del Tercer Mundo, quejándose de que en Marruecos siempre se coge diarrea o a que lo ametralle un miembro de Al-Qaeda en el desierto, recordándonos que como en casa en ningún sitio. No. Se levantó una mañana y lo vio claro y distinto, prístino. Sólo en la lejanía y en la redención de la soledad que otorga la naturaleza aislada encontraría sentido a una vida hastiada de locura inhumana y consumista. Era un iluminado, un desconocido anónimo que no quiso seguir los pasos del ganado humano y su ritmo sin sentido.

martes, 7 de junio de 2011

“Vida de Wittgenstein”


              Como les prometí en uno de los últimos artículos publicado en este blog, donde les conté detalles y anécdotas del “Tractatus Logicus-Philosophicus”, una de las más importantes obras del pensamiento del siglo XX, vamos a narrarles brevemente la vida de su autor, un filósofo atormentado y puñetero, sufridor al máximo y “tío raro” donde los haya, se trata de Wittgenstein. Ludwig Josef Johann (Luís José Juan) Wittgenstein, lo llamaremos “Witt” para abreviar, nacido en 1889, fue el menor de ocho hermanos. Su padre, austriaco de ascendencia judía y carácter complicado e irascible, se convirtió al protestantismo. El padre de Witt, Karl, fue el hombre más rico de su tiempo, mediados del siglo XIX, ya que era el magnate de la industria del hierro y el acero de Centro Europa. Con una inmensa fortuna familiar, Karl trató a sus hijos de forma severa, les obligó a estudiar ingeniería y a llevar una vida austera a pesar de la pasta. Algo bueno. El padre de Witt se convertiría en el mecenas de los artistas austriacos, por lo que era muy habitual ver en los salones de su mansión a pintores como Klimt o a músicos como Brahms o Mahler, personalidades que influenciarían en el carácter de Witt, sobre todo en la apreciación de la música como arte. Niño prodigio y de una increíble habilidad manual, compartió patio de escuela con Adolf Hitler, que tenía casi su misma edad. Estudió ingeniería en Manchester, Gran Bretaña, hasta la muerte de su padre y de la obligación impuesta, dedicándose a lo que realmente le gustaba, la filosofía lógica y el pensamiento ético. Para ello se puso en contacto con el genial lógico alemán Gottlob Frege, que lo animaría a estudiar en Cambridge con Bertrand Russell, conocida autoridad del pensamiento lógico mundial que trataba de fundamentar las matemáticas desde la lógica, para que ustedes lo entiendan ¿qué fue primero, las matemáticas o la lógica? Pues la lógica.
Como todo genio, Witt era raro, raro, raro y en Cambridge chocó con toda la rígida disciplina de profesores. Caminaba a medianoche, apenas dormía, farfullaba constantemente y dejaba petrificados a propios y extraños con sus controvertidas opiniones, procuraba estar siempre a oscuras y admitía que hablar con personas inteligentes “prostituía su pensamiento”. Pero un genio es un genio y Bertrand Russell no habría completado su obra a no ser por las aportaciones de Witt, por lo que se le propuso la redacción de una tesis doctoral como condición para darle una cátedra. Se negó, como no podía ser de otra forma, dejó la universidad y se alistó en el ejercito alemán como artillero voluntario. La Primera Guerra Mundial dejó en su carácter una huella imborrable, admitiendo de antemano la derrota y la experiencia traumática de la muerte. Condecorado al valor demostrado en el campo de batalla, fue hecho prisionero. Su influyente familia consiguió su liberación pero él renunció a ese privilegio, solicitando el traslado a una unidad médica que combatía una epidemia de fiebre tifoidea. Finalmente fue repatriado y regresó a Cambridge, donde publicó su conocido “Tractatus”, escrita en el mismo campo de batalla, obra genial que le dio empleo como profesor de universidad. Pero esa vida apenas la soportó durante cuatro años y se marchó de los ambientes selectos y aristocráticos para hacerse maestro de escuela rural y ayudar a los agricultores reparando maquinaria pesada para las cosechas. Tras la experiencia pastoril volvería a Cambridge. La gente rica siempre lo tildó de excéntrico ya que siempre fue rechazada por Witt. Quizás fuese el primer pensador “antisistema”, mientras sus colegas paseaban con almidonados cuellos encorbatados, Witt lucía una camisa sin corbata, cuello abierto, un desafiante aspecto estético. Homosexual reprimido, se casó con una joven vienesa que confesó en sus memorias que Witt dedicaba las noches a rezar, atormentado por su condición, naturalmente se divorciarían. Una vez fuera del armario, valentía incuestionable en esos años de entreguerras, se enamoraría consecutivamente de dos de sus alumnos de Cambridge. El primero, muerto de la polio en 1941, fue una tremenda pérdida para Witt. Desengañado definitivamente del academicismo, se marchó cual “probe Migué” a una cabaña en la costa irlandesa hasta el fin de sus días. Un genio, intrépido pensador, fue el auténtico doctor House de la filosofía. Cuentan que un estudiante le dijo: “Dr. Wittgenstein, no tengo ni idea sobre el tema de mi tesis doctoral, estoy muy confuso”, a lo que Witt respondió: “Sólo por eso debieran de darte la cátedra”.

domingo, 5 de junio de 2011

“Parménides y el Ser”

                 Hoy voy a regalarles una bonita anécdota existencial y un extravagante juego de palabras para comerse el coco, tan extraño y fascinante éste último que nunca más, tras leerlo, volverán a ser los mismos. Hace muchos, muchos siglos, vivió en la península Itálica, en la ciudad de Elea, un griego llamado Parménides. De semblante serio, mirada adusta y egregia y paternal barba blanca, Parménides paseaba a menudo seguido de sus discípulos que, sedientos del conocimiento y la ciencia que les ofertaba el maestro, trataban en vano de descifrar uno de los primeros y más grandes descubrimientos de la filosofía, una inescrutable verdad, que en forma de acertijo escrito en verso, traería de cabeza a todos los pensadores posteriores de la historia. Entre cerrando los ojos y ante el silencio del alumnado presente, Parménides sentenciaba, como poseído por una verdad divina ajena a él, “El Ser es y el no ser, no es”. Ahí es nada (Mal dicho, por cierto. Ya lo entenderán más adelante). Bien leído, es decir, leído con detenimiento y digerido o reflexionado, la sentencia de Parménides de Elea le parece, a más de un ciudadano, una de esas verdades de Perogrullo. ¡Hombre, claro! ¿Cómo es posible que no sea el Ser, si el Ser, de por sí mismo “es”? ¡Es imposible que “no sea”! Eso le corresponde al No-Ser. Lejos de darle la fama a Perogrullo, Parménides manifestó, por primera vez en la historia no sólo una de las principales leyes de la lógica (El Principio de Identidad, donde se declara que A es igual a A y que es distinto, irreconciliablemente de No-A, las cosas claras, por favor), y no sólo eso, sino que realizaba una declaración de principios sobre el conocimiento humano. Para entender cualquier cosa, sólo la razón es la herramienta útil. Los sentidos, engañosos de por sí, no solucionan los problemas interiores del pensamiento. Entender es un problema que necesariamente se soluciona con pensar, por eso, “El Ser y el Pensar” son lo mismo, añadía Parménides para cerrar el enigma filosófico. Tal enigma no es tan extraordinario. El Ser o la “existencia”, si lo prefieren, sólo adquiere sentido dentro del campo del pensar ¿Quién sino proporciona una explicación satisfactoria a las preguntas que ustedes se realizan, tales como el sentido de sus vidas, el por qué de su existencia, a dónde va a parar el alma tras la muerte? Pues el pensar. Así que una cosa lleva la otra. Esto lo entiende cualquiera, tal es así que en una ocasión conocí a un taxista que me lo demostró, durante una conversación en su taxi, al más estilo parmenídeo. Desde aquí un abrazo a Manolo, el entrañable taxista onubense que, poeta en sus ratos libres entre carrera y carrera o parada y parada, escribió un poema que conservo con cariño, titulado “Del Ser es el ser y del No Ser la nada”. Cuando el locuaz taxista conoció mi condición filosófica, le faltó tiempo, detenidos en un semáforo en rojo, para sacar su maltrecho portafolio y leerme como si estuviésemos en una de aquellas tertulias poéticas que montaba María Zambrano, la filósofa-poeta, en su casa de Málaga. “Del Ser es el ser y del No-Ser es la nada, o más bien hablar del No-Ser y Nada es lo mismo, más aún, ¡No se puede! ¿Pero cómo quiere hablar usted de algo que no existe? ¿Estamos locos o qué? El buen taxista, ajeno al mundo de la filosofía profesional (benditos amateurs), se sintió fastidiado cuando le conté que su original poema ya tenía precedentes clásico. De cualquier forma se sintió satisfecho de haber llegado por sus propios medios hasta la verdad de un griego del siglo VI antes de Cristo. Jueguen al acertijo de Parménides y sean participes del pensamiento, que nunca está de más, déjense invadir por la trascendencia y asuman que su existencia y su pensamiento son uno. Encontrarán el sentido de sus vidas.

jueves, 2 de junio de 2011

“Debate sobre la educación”


                  Asistía el otro día a una conferencia del ínclito Vitorino Mayoral, licenciado en derecho y encargado funcionarial y fundacional de esa asignatura que tanto ha dado que hablar llamada “Educación para la ciudadanía”, asignatura que, si la autoridad lo permite, la impartirán los licenciados en filosofía ( que no los filósofos). Como buen tecnócrata, don Vitorio elaboró un discurso moderado, lineal y justificadamente histórico, recordando el carácter salvador y necesario de otra vuelta de tuerca educativa que, prometen los candidatos electorales, será la protagonista de la siguiente temporada.
                   Después de narrar las gestas educativas de Grecia, con la dura, castrense y visceral educación espartana y los idealizados logros del siglo de Perícles ateniense, recordó que toda la trayectoria de la cultura humana ha desembocado en las democracias occidentales, el paraíso de los ciudadanos que todo bárbaro emigrante busca para salvar su maltrecho destino lejos de la sociedad del bienestar y la abundancia. Esta sociedad idílica en la que vivimos exige actualizaciones intelectuales y educativas, sobretodo después de sufrir esta ola de multiculturalismo que nos invade, por que es hora de añadir a los curriculums estudiantiles una nueva medicina del alma, una nueva asignatura que nos ayude a asimilar velos y coranes, rollos de primavera y conciencias descritas en alfabeto cirílico. Ese santo grial de la educación será la “Educación para la ciudadanía”, que a pesar de tener unos contenidos que ya existían en otra signatura que se llama “Ética”, se independiza con vocación de servicio público. Pero existe un problema: los ciudadanos de a píe, padres y alumnos, no saben para qué sirve ni para qué ha sido diseñada. Y llegamos al núcleo de la cuestión y de la anécdota. Le pregunté al señor Mayoral con qué intención social se crea esta asignatura y cuáles son las expectativas de los profesores, alumnos y padres, porque ambas, intención y expectativa, caminan por diferentes caminos. Mayoral, inflado de idealismo y empujado por las conciencias ilustradas de Montesquieu, Rousseau y Kant dice que esta asignatura nace ahora, a inicios del siglo XXI, porque la humanidad comienza a madurar y necesita de un profundo conocimiento de los conceptos de “derecho humano” y “ciudadanía”, la historia conspira para que los hombres, ansiosos de conocer, se miren el ombligo civilizado, la tolerancia exige un esfuerzo por alcanzar la paz perpetua y el bien común y bla, bla, bla, bla,.... Entonces, al oír esto, levanté tímidamente la mano y contesté que la gente de la calle no tiene esa percepción tan idealista y literaria de las cosas. Padres preocupados y alumnos desmotivados creen que la “Educación para la ciudadanía” va a salvarles el cuello educativo en la escuela, en casa y en la calle, va recuperar la educación que no adquieren los hijos en sus hogares, esos hogares golpeados por las hipotecas que hacen que ambos padres estén trabajando todo el día y que sus hijos estén desatendidos, enganchados a la “pley” o a cualquier sustancia estupefaciente, en barbecho del buen comportamiento. Esta “Educación para la ciudadanía”, creen muchos padres, va a recuperar aquellas enseñanzas que en otra época se llamó “urbanidad”, buen comportamiento, algo que si parece que se necesita a espuertas, por que nuestra “perfecta” sociedad de la abundancia, el ocio y el consumo, está llena de alumnos psicópatas que propinan, sólo o en cuadrillas de veinte, palizas a diestro y siniestro, a maestros, profesores o tímidos ciudadanos, lo graban con un móvil y luego lo “cuelgan” en internet para satisfacción personal y del personal, una sociedad llena de chicos adolescentes que cada fin de semana, tras agredir verbal y físicamente a sus padres, ya sea por venganza por un matrimonio roto o por perversa diversión, salen de marcha para pasear por los límites del coma etílico, una sociedad formada por una juventud casi analfabeta funcional, que lee con mucha dificultad, apenas escribe coherentemente una frase o dos, está desmotivada para aprender cualquier cosa y se encuentra cada vez más instalada y cómoda en el fracaso escolar y laboral. El alumnado español es el más mediocre de Europa y tal vez del mundo. Si, tiene razón el señor Mayoral, hemos entrado en el siglo XXI por la puerta grande, somos agentes de la historia y cabalgamos a hombros de los gigantes de la Ilustración, Montesquieu, Rousseau y Kant. Y mientras tanto, dos tipos, los amos del bipartidismo patrio, como si no hubiesen más alternativas políticas, se ladran en un debate televisado, apostando por ofrecer al saldo el mejor modelo educativo, enseñar más inglés y más tecnología. ¿Sabrán algo de los problemas reales de la educación? Como dirían mis alumnos en lenguaje SMS: “FCK U”.

“Un tipo llamado Sócrates”

                    Da risa cuando uno lee la prensa, escucha la radio o ve televisión, no necesariamente en ese orden, y asiste a ese fuego cruzado de declaraciones de políticos, periodistas, tertulianos, echándose en cara si conviene o no esa asignatura, que muchos escolares-bachilleres han descubierto hace poco o que próximamente van a descubrir, llamada “Filosofía y Ciudadanía”, la última transformación nominal de la tradicional “Filosofía” de toda la vida. Y es que el ciudadano de a pie, en general, no está muy contento con la definición de ciudadano que circula por ahí o de los futuros ciudadanos que están por venir. Consumistas y violentos, obsesionados con su derecho pero no con sus obligaciones, los jóvenes ciudadanos dejan que desear y además, les importa un bledo eso del compromiso, la tolerancia y la ciudadanía. Los padres, desbordados miran con avidez y urgencia al ámbito de la educación, a ver qué se puede hacer. Difícil está la cosa. La educación, en si misma, sólo puede hacer una cosa, ilustrar de forma ejemplar, que no es poco. Para esos que no saben qué es un ciudadano, ahí va esta historia entre la leyenda y la fábula moral. Trata de un tipo llamado Sócrates. El bueno de Sócrates, como muchos de nosotros, nació en una familia muy humilde, allá por el siglo V antes de Cristo. Hijo de Fenareta y Sofronisco, matrona y escultor respectivamente, Sócrates no heredó el talento del padre para el arte y realizó distintos trabajos que ocuparon su juventud junto con la formación de un filósofo seguidor del legendario Heráclito, aquel que decía que en la vida todo cambia y nada permanece fijo en su sitio. Estas ideas a Sócrates no le hicieron mucha gracia y defendió justamente lo contrario: hay cosas que permanecen fijas y gracias a ellas la vida es posible, por ejemplo la virtud, el bien y la justicia. En su juventud ya se convenció que ser ciudadano consiste en mantener un compromiso con los demás ciudadanos desde la defensa de lo más justo. Con esta idea tuvo la ocasión de defender a los ciudadanos atenienses en las Guerras del Peloponeso, al menos en tres ofensivas como soldado de infantería ligera, un “hoplita”, soldado que sólo con casco, peto y jabalina se enfrentaba en masa al enemigo del campo de batalla, donde salvó la vida al estratega Alcibíades, desde entonces gran amigo suyo y discípulo. A ver cuantos ciudadanos de hoy están dispuestos a dar la vida por el resto, alguno hay pero no tantos. Atenas, su ciudad, perdió la guerra, lo que la sumergió en varias décadas de problemas políticos y tiranías, después del esplendor de la democracia de Perícles. La ciudad quedaría bajo el mando de un grupo de políticos corruptos y violentos denominado “los Treinta Tiranos”, con el nombre ya está todo dicho. Sócrates, celoso ciudadano comprometido, se enfrentó con los Treinta del mejor modo posible, el político, a través de la dialéctica y el discurso, atacando a los que trataban de imponer sus posturas que desbordaban todo rastro de justicia y bien. ¿Quién sería capaz de enfrentarse a la injusticia y el abuso de los políticos? Sócrates lo hizo. Lógicamente ésto le creo muchos enemigos, sobre todo en una sociedad donde la hipocresía y la doble moral estaban a la orden del día. Sócrates se dedicó a conmover las conciencias de los otros ciudadanos sin compromiso y se inspiró en el oficio de su madre, la comadrona, viéndose así mismo como una “partera” que saca la idea del bien de la cabeza de los demás. Buscaba entre sus conciudadanos a la persona más sabia ya que, humilde e irónicamente,  declaraba que sólo sabía que no sabía nada. El Oráculo de Delfos, a la pregunta ¿Quién es el hombre más sabio? respondió: “Sócrates”. Era un tábano para sus enemigos, una mosca cojonera para los políticos que no cumplen, un amigo para el resto. Finalmente sus enemigos se salieron con la suya y lo juzgaron y condenaron a morir ingiriendo cicuta, un terrible veneno. Aunque tuvo ocasión de escapar no lo hizo para que el ejemplo cundiera ante la injusticia. ¡Qué cunda, qué cunda! Pero qué cunda hoy. Menos queja gratuita y más compromiso socrático es lo que hace falta.Da risa cuando uno lee la prensa, escucha la radio o ve televisión, no necesariamente en ese orden, y asiste a ese fuego cruzado de declaraciones de políticos, periodistas, tertulianos, echándose en cara si conviene o no esa asignatura, que muchos escolares-bachilleres han descubierto hace poco o que próximamente van a descubrir, llamada “Filosofía y Ciudadanía”, la última transformación nominal de la tradicional “Filosofía” de toda la vida. Y es que el ciudadano de a pie, en general, no está muy contento con la definición de ciudadano que circula por ahí o de los futuros ciudadanos que están por venir. Consumistas y violentos, obsesionados con su derecho pero no con sus obligaciones, los jóvenes ciudadanos dejan que desear y además, les importa un bledo eso del compromiso, la tolerancia y la ciudadanía. Los padres, desbordados miran con avidez y urgencia al ámbito de la educación, a ver qué se puede hacer. Difícil está la cosa. La educación, en si misma, sólo puede hacer una cosa, ilustrar de forma ejemplar, que no es poco. Para esos que no saben qué es un ciudadano, ahí va esta historia entre la leyenda y la fábula moral. Trata de un tipo llamado Sócrates. El bueno de Sócrates, como muchos de nosotros, nació en una familia muy humilde, allá por el siglo V antes de Cristo. Hijo de Fenareta y Sofronisco, matrona y escultor respectivamente, Sócrates no heredó el talento del padre para el arte y realizó distintos trabajos que ocuparon su juventud junto con la formación de un filósofo seguidor del legendario Heráclito, aquel que decía que en la vida todo cambia y nada permanece fijo en su sitio. Estas ideas a Sócrates no le hicieron mucha gracia y defendió justamente lo contrario: hay cosas que permanecen fijas y gracias a ellas la vida es posible, por ejemplo la virtud, el bien y la justicia. En su juventud ya se convenció que ser ciudadano consiste en mantener un compromiso con los demás ciudadanos desde la defensa de lo más justo. Con esta idea tuvo la ocasión de defender a los ciudadanos atenienses en las Guerras del Peloponeso, al menos en tres ofensivas como soldado de infantería ligera, un “hoplita”, soldado que sólo con casco, peto y jabalina se enfrentaba en masa al enemigo del campo de batalla, donde salvó la vida al estratega Alcibíades, desde entonces gran amigo suyo y discípulo. A ver cuantos ciudadanos de hoy están dispuestos a dar la vida por el resto, alguno hay pero no tantos. Atenas, su ciudad, perdió la guerra, lo que la sumergió en varias décadas de problemas políticos y tiranías, después del esplendor de la democracia de Perícles. La ciudad quedaría bajo el mando de un grupo de políticos corruptos y violentos denominado “los Treinta Tiranos”, con el nombre ya está todo dicho. Sócrates, celoso ciudadano comprometido, se enfrentó con los Treinta del mejor modo posible, el político, a través de la dialéctica y el discurso, atacando a los que trataban de imponer sus posturas que desbordaban todo rastro de justicia y bien. ¿Quién sería capaz de enfrentarse a la injusticia y el abuso de los políticos? Sócrates lo hizo. Lógicamente ésto le creo muchos enemigos, sobre todo en una sociedad donde la hipocresía y la doble moral estaban a la orden del día. Sócrates se dedicó a conmover las conciencias de los otros ciudadanos sin compromiso y se inspiró en el oficio de su madre, la comadrona, viéndose así mismo como una “partera” que saca la idea del bien de la cabeza de los demás. Buscaba entre sus conciudadanos a la persona más sabia ya que, humilde e irónicamente,  declaraba que sólo sabía que no sabía nada. El Oráculo de Delfos, a la pregunta ¿Quién es el hombre más sabio? respondió: “Sócrates”. Era un tábano para sus enemigos, una mosca cojonera para los políticos que no cumplen, un amigo para el resto. Finalmente sus enemigos se salieron con la suya y lo juzgaron y condenaron a morir ingiriendo cicuta, un terrible veneno. Aunque tuvo ocasión de escapar no lo hizo para que el ejemplo cundiera ante la injusticia. ¡Qué cunda, qué cunda! Pero qué cunda hoy. Menos queja gratuita y más compromiso socrático es lo que hace falta.

miércoles, 1 de junio de 2011

“Metidos en manteca”

            En ocasiones los curiosos filósofos que observamos el mundo sufrimos una suerte de estremecimiento cuando percibimos una característica inquietante de lo que nos rodea, ya sea la maltratada naturaleza que vive en el embuste de una industria del reciclaje que promete y no cumple o de una sociedad que, cansada de pactos pos-electoralistas que ponen en tela de juicio la voz consensuada del pueblo, convive con una falsa idea de democracia. Pues en estos días he sufrido ese estremecimiento al que me refería al escuchar una noticia en los medios radiofónicos sobre un “joven de treinta años” que había cometido un asesinato. Algo va mal en una sociedad donde la juventud está en perpetuo acto de trasgresión y en continuo flirteo con el delito y la agresión gratuita a ciudadanos normales, eso es indiscutible. Pero también algo va mal en una sociedad en la que el concepto de “juventud” se ha convertido en patente de corso para cualquier acción por injustificada que sea. Comentemos que “patente de corso” era el permiso que le otorgaban las naciones con intereses en el comercio naval a una serie de navegantes para que practicaran libremente la piratería, es decir, permiso para delinquir. Algo parecido ocurre con la juventud como concepto explotado por todos. En nuestra sociedad todos se declaran jóvenes y desde esta juventud todo está permitido, parece como si la edad y el grado de sabiduría que otorgaba la ancianidad se hubiesen diluido como una aspirina efervescente. Ni siquiera los jóvenes reales (la franja entre los 12 y 18) son los propietarios de esta definición de juventud, tal es así que hay jóvenes de 40 años y hasta de 50. Y ¡ojo! No hablamos de sentirse jóvenes sino de una falsa creencia, muy extendida, de ser realmente jóvenes y de poder competir en juventud con otros individuos. Nadie desea reconocer la edad que tiene, ya sea para no perder un puesto de trabajo o para renunciar a la posibilidad de un encuentro sexual los fines de semana. Al final nos mueve la vanidad y el narcisismo. Las modas están dirigidas para que los miembros adultos y maduros de la clase media (que realmente poseen un nivel adquisitivo adecuado al consumo continuado, es decir, se pueden entrampar) se identifiquen con una falsa imagen de una juventud de la que todos formamos parte de manera casi universal. Así vemos ya a abuelos jugando con la consola Wii, practicando un revés tenístico irreal, adelantando en chicanes a Fernando Alonso o encabezando la rebelión galáctica en el Final Fantasy X a mandoble de espada. Tomen otro ejemplo sacado de la publicidad: dos torneados culos, enfundados en sendos jeans, mantienen una locuaz conversación sobre las propiedades mágicas y laxativamente reguladoras del queso fresco que venden, durante la conversación glutear se deduce que los culos son de madre e hija respectivamente...pero resulta imposible deducir cuál pertenece a la madre y cuál a la hija, ya que los dos están decididamente torneados y susceptibles de ser magreados mientras saboreamos el, ya insustancial, queso. Las madres reales que compran el queso anunciado no renuncian a ser el culo del anuncio, que es posible establecer esa identidad intergeneracional y competir en este mundo de falsa juventud. Por todas partes florecen milagrosas corporaciones de estética dispuestas, eso sí, en cómodos plazos (con unos intereses que harían palidecer a Francis Drake, el conocido pirata inglés del siglo XVIII) a transformar la materia prima de nuestra carne, cumpliendo el utópico anhelo de la fuente de la eterna juventud de Ponce de León. No se dice: “me hice una liposucción por mi obesidad mórbida” sino “estoy satisfecho con mi nueva imagen”. No existen los jóvenes de 30 años, sólo existen consumidores manipulados y obedientes que creen ser jóvenes; la juventud acaba, como mucho a los 18, luego viene una devaluada responsabilidad personal de la mayoría de edad que a nadie seduce y no esa sensación de continua experimentación de la cultura de la “extreme”, para saber hasta dónde se puede sobrepasar la velocidad máxima en carretera o hasta dónde puede uno emborracharse cada fin de semana o cada día o hasta dónde puedo empujar a otros por el gusto de verlo rodar por una acera. Falsos jóvenes que creemos que vamos a durar más un martillo metido en manteca, cuando la vida es tan efímera como un soplo de aire.