domingo, 29 de mayo de 2011

“El mejor de los mundos posibles”


Permítanme hoy elevar un canto a la mujer desde la filosofía. La verdad es que los derechos de la mujer ha avanzado mucho desde finales del siglo XIX y principios del XX y hoy la imagen de la mujer española se presenta como un ser independiente, autodidacta, profesional, capaz de mirar al hombre de tú a tú. Naturalmente también existe una legión de amas de casa que jamás saldrán en la portada de la revista “Cosmopólitan”. Vayan pues estas líneas a todas ellas y su optimismo diario.
Tal vez por el asombro y del deseo de saber de la filosofía para la vida cotidiana, hoy declaro que la mujer es “el mejor de los mundos posibles”. Y es cierto. Es de admirar el optimismo de ser mujer en un mundo de hombres. El hombre es más grosero y mostrenco, si me permiten la expresión. Una mujer de hoy, “divina de la muerte”, no puede mejorar en sí misma, es su máxima expresión posible. Y se preguntarán ustedes qué dice la filosofía para llegar a semejante afirmación. Pues bien, fue el filósofo alemán, Leibniz, el que sentenció que nuestro mundo es “el mejor de los mundo posibles”. Expliquémoslo brevemente. Leibniz, filósofo racionalista, creía en la perfección del mundo creado por un Dios perfecto, que nos ha otorgado una razón perfecta. Para Leibniz, la herramienta preferida era la matemática. No en vano, este pensador inventó, en competencia con Isaac Newton, el cálculo infinitesimal. Los números eran el vehículo científico adecuado para descubrir nuestro perfecto mundo; la naturaleza, el hombre, todo sigue una leyes perfectas. Tenemos un manual de instrucciones muy concreto en alguna parte. Solo hay que buscarlo.
Hablar de Dios en filosofía es algo absolutamente cotidiano, igual que lo hacemos en nuestras rutinarias vidas. Pero para Leibniz Dios no era ese hombre sabio y barbado, sino un concepto donde se suman eternidad, bondad y perfección. Si existiese un ser así ¿sería capaz de hacer algo mal? No se qué pensarán ustedes pero, eternos, bondadosos y perfectos, nadie metería la pata. Ni en la creación del mundo ni en hombres y mujeres. Por lo tanto, nuestro mundo y nosotros mismos somos el mejor de los mundos posibles. La verdad es que al admitir esto a uno le da un subidón. Sin duda. Somos los mejores. Esta filosofía se denomina optimismo. El optimista es aquel que no contempla lo malo o lo señala como un mal inevitable y necesario que nos hace ver lo bueno por comparación. Esto fue ampliamente criticado por el filósofo francés Voltaire, que con ironía veía a los optimistas como unos ingenuos incapaces de afrontar los desastres de la vida. Pero no seamos tan críticos esta vez y saquemos partido al pensamiento leibniziano con la mujer. Ella es especial, basta verla. Siempre acierta con la combinación exacta de colores, tonos, medidas, para quedar perfecta y hacer del mundo su nicho de perfección. Cuando sale a la calle dice “ahí voy mundo, apártate, y no te pases”. Y el hombre tiene que admitirlo. Sino ¿Cuántos maridos o novios están dispuestos a admitir que sus susodichas no están “divinas de la muerte” cuando salen por ahí? Cualquiera dice que no. El mejor de los mundos posibles. Lo que yo les diga.

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